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Hans Blumenthal, el alemán del premio de paz

Dejó los viñedos de una empresa familiar, cerca de Maguncia, y la economía, para dedicarse a las humanidades. Se vino a Colombia para dirigir a Fescol y aquí vivió de cerca el conflicto armado.

Hans Blumenthal

Hans Blumenthal, director Ejecutivo de la Fundación Evolución Caribe.

Todo indicaba que Hans Blumenthal asumiría las riendas del negocio familiar: un viñedo que produjo los vinos más famosos de Bad Kreuznach, pequeña ciudad de 158 mil habitantes ubicada a 30 kilómetros de Maguncia y bañada por el legendario río Nahe, en Alemania.

Aprendió todos los oficios de esta industria, desde cuidar los cultivos hasta su preparación. Y mientras iba creciendo, le asignaban más y más responsabilidades.

Pero Hans no estaba dispuesto a ver cómo se extinguían sus mejores años entre uvas y cavas. «No quería pasar una vida eterna en esa ciudad, haciendo lo mismo», cuenta el hombre con un español a veces enredado, aunque ya lleve muchos años viviendo en Colombia.

Hans Blumenthal fue el director de la fundación Fescol, capítulo colombiano de la alemana Friedrich-Ebert-Stiftung- donde conoció de cerca los anhelos y las frustraciones por conseguir el fin de la violencia. Creó el Premio Nacional de Paz y acompañó procesos como el del Caguán.

Acaba de retirarse de la dirección de Fescol, la entidad para la que trabajó durante 25 años, pero no deja el país. Cambiará el frío capitalino por el calor del trópico, el olor a sal del mar, el arroz con coco frito y un apartamento con vista a la playa, en Cartagena, en donde dirigirá el Instituto de Estudios para el Desarrollo de la Universidad Tecnológica de Bolívar.

De Alemania a Santa Marta

Hans creció en medio de la destrucción que dejó la Segunda Guerra Mundial en Alemania en su natal Bad Kreuznach. Jugaba entre las ruinas y alrededor de bombas que nunca explotaron. Y aunque logró zafarse de los viñedos, la guerra, como una predestinación, se convirtió en combustible para su vida.

Su padre, oficial del Ejército alemán -no fachista, aclara él- murió siete meses antes de su nacimiento. Y su madre tuvo que encargarse de su sostenimiento y del negocio familiar en medio de la pobreza y la desolación que dejó la guerra que provocó Adolfo Hitler y que, según él, perdió felizmente.

Después de estudiar economía en Londres y Suiza -tiene un doctorado en esa materia- cambió los números por las humanidades, persiguiendo sueños de revolución.

Entró a estudiar sociología en la Universidad Libre de Berlín (Alemania), conocida entonces como un gran centro revolucionario mundial. «Quería estudiar sociología por mi visión izquierdista. La sociología prometió mucho, pero no cumplió», relata.

Mientras se desempeñaba como profesor universitario, solicitó una beca para desarrollar una investigación en América Latina.

Había leído a Gabriel García Márquez y presentó un proyecto para indagar sobre la zona bananera de Santa Marta, en Colombia. Aceptaron su propuesta y en 1972 llegó al país. Ese fue su primer contacto con esta cultura.

Después de su estadía en Santa Marta, se desplazó a Bogotá, donde inició una nueva investigación sobre la reforma agraria. Allí, pudo corroborar que la inequidad en la tenencia y distribución de tierras es uno de los grandes problemas no solucionados del país y una de las más profundas raíces del conflicto.

En Bogotá conoció a la mujer que se convirtió en su esposa y en la madre de sus dos hijos.

Juntos regresaron a Alemania, en 1980, donde él se vinculó a la Friedrich-Ebert-Stiftung, entidad que promueve el fortalecimiento de la democracia, la consolidación del Estado de derecho y el pleno respeto por los derechos humanos.

De Alemania fue enviado a Venezuela, donde vivió 10 años. En 1998 volvió a Colombia, donde se encargó de la fundación en los países andinos.

Al ver que había premios de paz en todo el mundo, menos en Colombia, creó la versión nacional que, desde esa época, exalta la labor de las comunidades que no se han rendido ante los violentos.

Presenció las negociaciones del entonces presidente Andrés Pastrana y las Farc en el Caguán. «Ese proceso terminó como una farsa. El Gobierno no tenía muy buenas propuestas, pero las Farc tampoco querían negociar. Cometieron un gran error por su miserable arrogancia», reflexiona sobre ese episodio y reconoce que el papel de Pastrana ha sido subestimado.

«Él hizo grandes esfuerzos, pero le faltó apoyo de los sectores político, económico, y del Ejército. Además, los ‘paracos’ crecieron como nunca en ese tiempo, cuando algunas élites los consideraban salvadores», afirma.

Y añade que sin Pastrana y sin la decepción de las Farc el presidente Uribe nunca habría llegado al poder.

En abril de 2002 hizo una pausa y dejó a Colombia. Se fue para Marruecos, donde estuvo tres años apoyando los diálogos entre Europa y el mundo árabe, y en la introducción del divorcio matrimonial en ese país.

Regresó a Colombia en el 2005. Creía que su papel en el tema del conflicto armado estaba aún sin concluir y, además, tenía un proyecto a media marcha.

Cuando volvió, se sorprendió al ver que a «Uribe lo consideraban el más grande después de Bolívar y de Jesucristo». Al Presidente le reconoce su eslogan de inversión, trabajo y seguridad. «En ese sentido soy uribista, pero claramente antirreeleccionista. Por sus logros, no significa que se deba reelegir».

Cree que las negociaciones entre el Gobierno y las Farc son necesarias e importantes, pero que no son prioritarias en este momento.

Según él, no hay que esperar a que la guerrilla y el Gobierno dialoguen para ambientar desde ya lo que sería el posconflicto.

Por ejemplo, ejecutar un ambicioso plan de erradicación de las minas antipersona. «Si no se desmina, no se puede hacer una reforma agraria y las víctimas no podrán regresar a sus tierras».

También considera que hay que dignificar a las víctimas de la guerra, mejorar la infraestructura si se quiere realmente alcanzar la competitividad e implementar economías efectivas en las regiones.

Además, piensa que se requiere un gran plan para cerrar la frontera agrícola donde hay producción de coca, y ofrecerles tierras productivas a los campesinos que se ven obligados a cultivarla a falta de otras alternativas.

Opina que es importante crear una cultura de la memoria, pues según él, en Colombia todavía no hay suficiente conciencia sobre los horrores, victimas, victimarios y causas de la violencia. «Hay libros sobre la violencia, pero la gente no los conoce. Somos víctimas, de los ‘narcos’ o los ‘paracos’, pero muy pocos saben por qué».

Y añade que la falta de coraje civil que él percibe en los colombianos existe porque «la gente no quiere dar papaya».

La huella más profunda que este alemán deja en el país es el Premio Nacional de Paz, que llega a su versión número 11.

-¿Qué le faltó hacer?

-Me habría gustado ambientar más o desarrollar una estrategia para el posconflicto.

-¿Y por qué no lo hizo?

Por ‘güevón’. ..

-¿Qué piensa de los colombianos?

Son amables y buenos anfitriones; tienen mucho humor y sabor. Pero se matan los unos a otros. Ese es un gran enigma.

Redacción de El Tiempo

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